Vivir para contarlos

Amo los libros y leer; tiene que ver con mi trabajo, con lo que me gusta hacer, con lo que ocupa mi tiempo libre y no tan libre. Cuando me preguntan cuántos libros leo en un mes o en un año nunca pude dar una respuesta precisa… hasta hoy. Desde el primer al último día de 2016 me consagré a la tarea de anotar al final de mi agenda los títulos de los libros leídos mes a mes en el año, y resaltar los que más me gustaron. Así pude tener no solo una noción concreta de esa cantidad a la que nunca logro aproximarme de memoria, sino también ver la evolución de mis elecciones literarias en función de mi predilección por uno u otro autor, de mis nuevos y viejos temas de interés o de la intertextualidad que me llevó de un libro a otros.

Los últimos días del año suscitan todo tipo de balances. En mi caso, después de esta concienzuda lista subyace un balance literario a partir de las lecturas que me acompañaron en cada momento de 2016.

Leí libros de ficción y no ficción: novelas y cuentos, crónicas, algunos libros de poesía, ensayos sobre arte, cultura y urbanismo, una biografía novelada, libros de humor, una novela gráfica y una juvenil.

En general, el ritmo de lectura lo marcaron los mismos libros: ya que suelo terminar uno y empezar otro casi inmediatamente y leo al menos una hora todos los días, los libros cortos me demoraron un par de días y los más largos o de no ficción algunas semanas (obviamente hubo varias excepciones en uno y otro sentido).

Leí autores nacionales y extranjeros, algunos más o menos conocidos o consagrados. Los temas fueron de lo más variados pero hay uno que es dominante: leí unos diez libros vinculados de alguna forma con el arte, su mundo y sus protagonistas. El arte y la cultura son esos temas que tanto me gustan y de los que aprendo de manera autodidacta a través de los libros. 

Leí sobre todo libros en papel y algunos en digital. En mayo compré el Kindle de Amazon vía Mercado Libre. Su adquisición y la lectura de libros digitales fue una nueva, buena y recomendable experiencia. Compré algunos de los libros que leí, otros ya los tenía, otros me los prestaron.

Leí muchísimo y a toda hora en mi casa, algo en el trabajo y casi siempre tuve la lectura de turno a mano cuando sabía que tendría algún “tiempo muerto”: antes de ver al médico o de entrar a clase, si almorzaba sola en un bar o si tenía un viaje más o menos largo en transporte público. Así, esos supuestos tiempos muertos perdieron su entidad, su validez, su valor negativo cada vez que los combatí con la lectura.

Un año tiene 52 semanas completas y algunos días sueltos, por lo que en promedio leí un libro por semana. Al momento de escribir este post (6/12) tengo entre manos “La ridícula idea de no volver a verte” de Rosa Montero (me debía su lectura y me está gustado bastante) y aún quedan algo más de tres semanas para despedir al 2016, por lo que sospecho que llegaré a sumar alguna lectura más.

Comparto mi lista de libros leídos este año, esperando que sean disparadores para quienes busquen ideas o recomendaciones de lectura. Algunos me gustaron más y otros menos, pero en general fueron buenas elecciones y valieron el tiempo que invertí en ellos. En negrita subrayé los que para mí fueron los mejores libros de cada mes.

Al menos en lo que a libros se refiere, 2016 fue un año muy fructífero! 

Enero

  • Se acabó la diversión (2015), Tony Puig
  • Un científico en el museo de arte moderno (2015), Luis Javier Plata Rosas
  • Una historia sencilla, Leila Guerriero
  • Cuando me muera quiero que me toquen cumbia, Cristian Alarcón
  • El olvido, Frederika Finkelstein
  • Gigantes, Miguel Prenz
  • La novia de Duchamp, Nushi Muntaabski

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Febrero

  • Los besos en el pan, Almudena Grandes
  • La mujer de Isla Negra, María Fasce
  • Qué se sabe de Patricia Lukastic, Manuel Soriano
  • La violencia está entre nosotros, James Dickey
  • La pesquisa, Juan José Saer

Marzo

  • La vida de los elfos, Muriel Barbery
  • Los cansados, Michele Serra
  • Nueve cuentos, J. D. Salinger
  • Otra vuelta de tuerca, Henry James
  • Cuentos del exilio, Antonio Di Benedetto

Abril

  • La guerra no tiene rostro de mujer, Svetlana Alexiévich
  • Operación masacre, Rodolfo Walsh
  • Nueva York, Paul Morand
  • El astillero, Juan Carlos Onetti
  • El manifiesto comunista, Carl Marx y Friedrich Engels
  • El camino de Ida, Ricardo Piglia

Mayo

  • 33 artistas en 3 actos, Sarah Thornton
  • Cardenio, Carlos Gamerro
  • Sobre el arte contemporáneo, César Aira

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Junio

  • Lujuria de vivir, Irving Stone
  • Sin un peso en París y Londres, George Orwell
  • Cordelia en Guatemala, Graciela Cros

Julio

  • El castellano es un idioma loable, lo hable quien lo hable, Luis Piedrahita
  • También esto pasará, Milena Busquets
  • Las olas y el viento, antología de poesía argentina contemporánea en Mar del Plata
  • El arte, Juanjo Sáez
  • Arte moderno, editorial Taschen

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Agosto

  • En el camino, Jack Kerouac
  • Hasta que puedas quererte solo, Pablo Ramos
  • Alguien dice tu nombre, Luis García Montero
  • Cincuentena, Luis García Montero
  • Siete días en el mundo del arte, Sarah Thornton

Septiembre

  • Tru y Nelle, G. Neri
  • El despertar de la señorita Prim, Natalia Sanmartin Fenollera

Octubre

  • Ciudades sudamericanas como arenas culturales, Adrián Gorelik y otros
  • Cómo fumar marihuana y tener un buen viaje, Howard Becker
  • Qué vergüenza, Paulina Flores
  • Saber ver, Gaby Messina
  • El tenis como experiencia religiosa, David Foster Wallace
  • Cautivo, el mural argentino de Siqueiros, Álvaro Abós
  • Las chicas, Emma Cline

Noviembre

  • El culto de lo banal, Francois Jost
  • España decí alpiste, Hernán Casciari
  • Teoría del viaje, Michael Onfray
  • El intérprete del dolor, Jhumpa Lahiri

Diciembre

  • La ridícula idea de no volver a verte, Rosa Montero
  • Estado del arte, María Paula Zacharías
  • Para mejorar tu comunicación con los demás, Víctor Manuel Fernández
  • Teoría general del olvido, José Eduardo Agualusa
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El David (2008), Diego Figueroa

Hoy quiero compartir una de esas obras que me deslumbró apenas la “conocí”. Y digo “conocí” porque no tuve el gusto de tenerla adelante, ni pude detenerme en directo en detalles constitutivos que seguramente la harían aún más atractiva a mis ojos. Pero haberla “conocido” por Internet, por la foto de un suplemento literario o vaya uno a saber cómo, me bastó para que se abriera ante mí una catarata de significaciones posibles y se descorrieran varios sentidos que seguramente son tantos y tan válidos para nadie más que para mi. 

el david

“El David” se llama esta escultura poco convencional, y Diego Figueroa, chaqueño, es su mentor. A partir de estos primeros datos ya empiezo a fabular: el David como imitación, reminiscencia, burla o metáfora de aquel David de Miguel Ángel, ícono cultural renacentista y símbolo de perfección y belleza (al menos para su tiempo). Con poco convencional me refiero a los materiales con que fue confeccionada (plástico, bolsas de nylon, cinta adhesiva: elementos domésticos, ordinarios y económicos), pero también a la fisonomía que Figueroa le dio a su David y la actitud en que lo inmortalizó. David es un típico pibe, pibito, prepúber: flacucho, con el pelo oscuro y desprolijo, apenas vestido con un short y las clásicas zapatillas visiblemente usadas. Lo que diríamos “un pibe de barrio”.

Sigo con mi interpretación: Diego es joven y chaqueño, y a su David lo vio muchas veces a lo largo de sus años, en varios lugares en los que estuvo. Este David es simple pero es mundano, es armonioso y bello como solo un pibe de su edad y condición puede serlo. Su realce, su valía, su porte viene dado por lo cotidiano y lo usual; lo doméstico, lo ordinario tiene cabida en su vida en algo tan nimio y común a todos los mortales como es ir a hacer las compras (por eso la bolsa en su mano derecha). El David de Diego es bello porque es del mundo, y porque podemos verlo y encontrarlo poniendo el cuerpo todos los días en lo que le toca. David es muchos pibes en muchos lugares a la vez, luchándola en situaciones diversas. Me siento menos parte del David de Miguel Ángel que del de Diego Figueroa, y por eso me gusta más.

eldavidlacopiachicaMe pongo a investigar y me anoticio de otras materialidades y temporalidades de la obra de Diego Figueroa y de ciertas similitudes con el David de Miguel Ángel, ya que ambos “originales” tienen su réplica en un espacio al aire libre que los complementan. Que el “David exterior” de Diego está hecho, a diferencia del “interior”, con arcilla, lo que representa el paso del tiempo y el desgaste, y que al segundo día ya estaba resquebrajado, y unos días después directamente le faltaban pedazos. También me entero que “el David de nylon” estuvo expuesto en el flamante y bello Centro Cultural Kirchner, un reconocimiento inmenso para este artista del interior profundo de la Argentina. Leo cuál es el sentido que Figueroa quiso darle a su David, comparto a medias, me alegro de que más abajo aclare que somos los espectadores quienes completamos ese sentido parcial. Eso hice, humildemente. Pasan los meses y no me olvido de lo que este David significa para mi.

Blanca, negra y muda… todo en contra y todo a favor

Hace unos días asistí a la proyección de la película ‘The Cameraman’ (1928), con la imperdible actuación de Buster Keaton, genial actor y poco favorecido por el “boom Chaplin” de aquellos años.

La experiencia fue gratificante y original por la confluencia de expresiones artísticas: al visionado de la película muda se sumó la interpretación de una orquesta de músicos que aportaron su interpretación de la comedia cinematográfica.

El resultado global fue óptimo y me dejó reflexionando acerca de la riqueza de cada disciplina y de sus múltiples posibilidades expresivas. Con el correr de los años los cambios son patentes tanto en el cine como en la música, favorecidos por nuevas tendencias y técnicas más auspiciosas. Sin embargo, los estilos actuales no desmerecen la fascinación que despertaran ya en sus comienzos; remotos para la interpretación musical, más cercanos los del cine.

La película fue la expresión dominante; mantuvo la tensión dramática y generó carcajadas y preocupación con cada paso accidentado del protagonista. Todo eso y más, prescindiendo de todo agregado sonoro. La fuerza visual del relato y en especial los intérpretes, que hablaron sin que se los oiga, fueron suficiente. Su cuerpo, sus gestos, sus exageraciones y miradas surtieron un efecto tan cautivante como un diálogo cuidadosamente planificado. 

Y quienes disfrutamos con una película hecha hace casi noventa años fuimos nosotros, los nativos digitales, los tecnócratas, los que rara vez prescidimos de la hiperconexión. Era claro que si algo le faltaba a esa obra maestra, blanca, negra y muda, era el sonido más que el color. Y en nuestro auxilio vinieron los acordes (“jazzeros”, según dijeron los que saben), para ambientar la época y las acciones descritas en ‘The Cameraman’ y aportar matices, especular e indicarnos cuándo reir, cuándo temblar. La interpretación musical avanzaba o se detenía según lo determinara cada escena y jamás entorpeció el visionado ni desvió la atención, sino que se subordinó a los sucesos narrados, pero haciendo evidente su aporte. En mi mente, la música “salía” de la película, aunque si hubiera mirado levemente a mi izquierda hubiera visto a los artistas concentrados en fundir su ritmo al de Keaton, que ciertamente era veloz. 

Buen cine y buena música en un lugar tan ideal como la costa marplatense; los pies al contacto con la arena ya fría y la luna llena como espectadora de lujo. Gracias a la Municipalidad de San Isidro por tan buena propuesta y excelente autopromoción en el ámbito cultural.