Oh, captain


Oh Captain! My captain! Our fearful trip is done,

The ship has weather’d every rack, the prize we sought is won,

The port is near, the bells I hear, the people all exulting,

While follow eyes the steedy keel, the vessing grim and daring (…)

WALT WHITMAN

 

            Si se lo juzga extravagante, no debe serlo por cumplir devotamente una extraña rutina. Después de todo, yo misma seguía (y sigo) una rutina estrechísima e idéntica que no precisa de mí más que una disposición autómata. Uno de esos días en tránsito, lo conocí. Al día siguiente, verifiqué su conducta. El siguiente me reí. Otro día decidí que sus desvelos diarios merecían ser contados.

            No sé cuántos años tiene pero debe andar en los sesenta y tantos porque aún camina llamativamente erguido. A las claras está más allá de toda “normalidad”. Canoso, narigón, con la piel arrugada y curtida. Lo más impresionante es su atuendo, siempre igual. Si se cambia alguna prenda, no se le nota: su aspecto general es siempre el mismo. A eso ayudan su cara inexpresiva, sus balbuceos inentendibles, su predecible vida.

            Lo más gracioso y significativo para mí es su gorra de capitán, vieja, aplastada y sucia. Azul y blanca con un ancla y visera pequeña. Es el accesorio que lo hace tan único y lo caricaturiza: es Popeye El Marino en persona, descontando el poco parecido físico. Siempre está murmurando algo, y las muecas que hace con la boca evocan una pipa imaginaria que lo asemeja aún más a un navegante. Este ¿grotesco? personaje se completa con una bolsa de alfajores locales que vaya a saber qué contiene.

            A última hora de la tarde, emprendo el idéntico camino de regreso a casa. Al transitar una determinada calle, agudizo mis sentidos porque sé que él debe estar cerca. Si no me lo cruzo, es porque está en el café de la esquina, sentado al fondo, murmurando y anotando algo, como haciendo cuentas. La intuición nunca me falló hasta ahora: siempre lo encuentro a la misma hora, en el mismo lugar, haciendo lo mismo. Es una victoria personal que no tiene nada de original: podrían interponer entre él y yo un espejo, y el denominador común sería la rutina. Me provoca risa y ternura verlo tan concentrado, y me complace interiormente que los mozos lo dejen hacer sin problemas hasta la hora de cerrar.

            ‘Oh, captain, my captain’ es una frase de la película “La sociedad de los poetas muertos”. Automáticamente la pienso cuando lo veo; su aspecto físico me remite a ello aunque dudosamente sus quehaceres sean propios de un hombre del mar. De hecho, ni siquiera tiene preocupaciones coherentes. De todos modos, ¿qué es lo lógico, lo esperable, la cordura?

Hace unos días volví a cruzarlo después de un tiempo en que rompí con el ritual de pasar por “su zona”. Me sorprendió una vez más: llevaba una canasta con flores, y si no fuera porque no enhebra frases claras, hubiera jurado que estaba trabajando.

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