Yo y nosotros: dos caras de una misma moneda


“Se fueron consolidando las “tiranías de la intimidad”, que comprenden tanto una actitud de pasividad e indiferencia con respecto a los asuntos públicos y políticos, así como una gradual concentración en el espacio privado y en los conflictos íntimos. Ese refugio en la privacidad no denota apenas una preocupación exclusiva por las pequeñas historias y las emociones particulares que afligen a cada sujeto, sino también una evaluación de la acción política -exterior y pública- solamente a partir de lo que ésa sugiere acerca de la personalidad del agente -interior y privado-. (…) Esa doble tendencia de abandono del espacio público e hinchazón del ámbito privado, obedecieron a intereses políticos y económicos específicos del capitalismo industrial (…) que de alguna manera se beneficiaba con esa nueva forma de “incivilidad”“.

Los límites entre lo público y lo privado se han corrido, entremezclado o polarizado, según el caso, a la vez que  se han afirmado nuevas concepciones acerca del yo y el nosotros.

El interés individual, propio, siempre parece chocar de lleno con las aspiraciones colectivas, por lo que debe ser especialmente atendido, defendido y exteriorizado (la premisa es NO DEBES QUEDARTE CALLADO!). Aún en desmedro del bien comunitario, de su presente y porvenir. Hay una creencia (falsa) fuertemente arraigada que consuela nuestra poca conciencia y compromiso individual, con la falacia de que “la cuestión política y social es una tarea de todos, la voluntad de una sola persona no puede hacer nada”. Y así como el compromiso de uno no suma, el desinterés de uno solo tampoco resta… El problema se presenta cuando no es uno, sino muchos, los que piensan así.

Las inminentes elecciones nacionales puede que nos encuentren así. Descreídos, recluídos, pero nunca olvidándonos de reprochar “a la sociedad” por la triste realidad. El nosotros se transforma en ellos; el yo, en súper yo, significando así la prioridad de los asuntos personales por sobre los intereses de todos.

Traiciones, desengaños, ilusiones truncas o falta de interés son algunos de los motivos que borran de un plumazo nuestra dimensión cívica. El exitismo  individual es una proeza perseguida por todos; no así la salud comunitaria, lo que choca con la polis ideal de Platón: aquella cuya virtud fuese el reflejo de la bonomía de todos sus habitantes. No nos autorreconocemos ciudadanos ni ligamos el bien individual al bien común.  Resulta dificil concebir a alguien “bueno” en todo ámbito; como si la capacidad (y el deber) de dar lo mejor fuese en una cantidad estipulada, que cuando se acaba no  permite dar más. Un buen profesional, un fiel comprometido, un hijo agradecido, ¿no puede trascender el yo, el reducto propio, para darse a los demás? Ni se asoma la certeza de que la donación a los demás redundará en bien para mí. No siempre en forma de dádivas materiales, prestigio y respeto; casi siempre como instancia de autorrealización.

No somos ni la primera ni la última generación, hay algo más que nosotros, algo que es de todos y que todavía podemos alcanzar. Se llama bien común, se persigue con conciencia y compromiso cuidadanos sostenidos en el tiempo. Requiere individuos dispuestos a “desdoblarse”, a atender el yo sin descuidar el nosotros.

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